Algo me arroja al pasado como una fuerza de gravedad que expresa mi familia. No sé bien a qué dedicarme, tuve algunos intentos de salir a la luz en esta sociedad paupérrima de fanáticos de sí mismos pero no tengo tantas ganas como deseos. Es lo único que te puedo decir. Desde que cumplí treinta años me obligo a mudarme de la casa de mis padres pero está tan caro vivir solo que me conviene por el momento quedarme un tiempo ahí. Me gusta mucho la política y aportar algo a la sociedad pero las veces que lo intenté se me vino encima un conglomerado de fuerzas impenetrables. Tengo la sensación de que el mundo me llama pero también me retrotrae el presente directamente a mis raíces. Me sustraje del exterior por obra del futuro y huyo hacia él como si fuera un deseo ajeno.
Seré quien quien quiera alguien que sea, más no depende de mí parece, depende del alma de esta casa que contiene todos los orígenes de mi introvertido bienestar y pausado crecimiento. No veré quien soy mientras los espejos los sostengan otros. Sé que seré alguien, alguna vez dejaré mi impronta, mi huella existencial en carteles luminosos de mi balcón claustrofóbico. Pero también sé que cumplo con las formas curvosas de mi laberinto de herencias sin codificar. Obtuve dones y percepciones de aquellos lazos que todavía mantengo con estos seres con mis mismos genes. Pero no me atreví aún a desenlazar mis cualidades de la mirada ajena y puedo de vez en cuando esconderme en genes reutilizados sin discriminar los que son míos no por herencia.
Y persiste mi lucha entre el nido y el vacío, la cama y el precipicio, pero voy como flecha disparada hacia dónde no haya genes conocidos.